Chucky: su creador gay y sus personajes diversos

1 Slasher : subgénero del terror centrado en asesinos y violencia gráfica.

El primer recuerdo que tengo relacionado con esta saga de terror/slasher¹ es a mi yo de 3 años, aterrorizado, rodeado de mis seres queridos jugándome una broma bastante divertida si la veo en retrospectiva: estaban transmitiendo la película El hijo de Chucky en el Canal 5, y a mi hermano le pareció muy gracioso cambiar repentinamente a ese canal porque sabía que me asustaba. Solo con ver unos segundos de la película ya me tenía gritando lo suficientemente fuerte como para que la policía de San Francisco del Rincón acudiera a mi rescate (yo vivo en León).

Parecía divertido porque gritaba, y él cambiaba de canal, me dejaba descansar unos cinco segundos y regresaba a la película, y yo volvía a gritar. Este fue el inicio de una afición muy linda que conservo hasta hoy. Desde la adolescencia entendí que la saga de Chucky no tenía los mismos defectos que la gran mayoría de películas del mismo género: el grupo de amigos estereotipado, las tramas vacías, personalidades sin profundidad y escenas de sexo gratuito. Pero siempre faltaba una pieza para entender por qué era distinta. En resumen, sabía que era diferente, pero no sabía en qué ni por qué.

Hasta que un día conocí un dato que conectó todo lo que antes intuía: Don Mancini, creador de la saga, es un hombre gay.

 


Las bases de la trama y su diversidad creciente con el paso de los años

En las primeras tres entregas no hubo diversidad sexual en el guión, pero sí existió la inclusión de protagonistas pertenecientes a sectores sociales vulnerables. En la primera película, lxs protagonistas son un niño y su madre soltera; en la segunda, un niño y una adolescente huérfana; y en la tercera, dos adolescentes y un niño afroamericano.

Es hasta la cuarta entrega, La novia de Chucky (1999), donde los protagonistas son una pareja heterosexual, pero aparece un personaje abiertamente homosexual (el mejor amigo de la protagonista). Nada mal para 1999.

Pero lo más transgresor que nos entregó Don Mancini en toda la saga llegó en 2004 con El hijo de Chucky, donde aparece Glen/Glenda, el primer coprotagonista abiertamente no binario en una película de terror. En la trama se explora el hecho de que Glen/Glenda tiene dos almas en un mismo cuerpo: la de un chico pacífico y temeroso, y la de una chica psicópata capaz de matar sin remordimiento. Este conflicto se profundiza más en la serie de televisión que inició en 2021.

Las películas La novia de Chucky y El hijo de Chucky combinan terror y comedia, algo que no agradó mucho a la crítica ni a los fans en su estreno, pero hoy se entiende mejor por qué fue así. Después de tres entregas de horror y suspenso, ya era muy difícil que Chucky causara miedo por sí solo, y desde mi punto de vista, ese cambio de tono fue acertado, aunque adelantado a su tiempo.


Fue hasta 2015 cuando la saga regresó —afortunadamente sin reinicio— con La maldición de Chucky, una cinta que volvió a los orígenes del terror y el suspenso de las primeras entregas, pero siendo fiel a lo ya establecido. En esta película, la protagonista es una joven con discapacidad, usuaria de silla de ruedas, algo nunca antes visto en el género.

En 2018 se estrenó la séptima y, hasta ahora, última película de la saga: El culto de Chucky, donde el asesino posee el cuerpo de la protagonista y comienza una relación lésbica con Tiffany.

Finalmente, en 2021 llegó la serie Chucky, protagonizada por Jake Wheeler, Devon Evans y Lexy Cross. Cabe destacar que a la serie le fue muy bien en críticas, ya que supo mantener el horror, el suspenso y el humor negro en un equilibrio casi perfecto. En cuanto a la diversidad, dos de los tres protagonistas son LGBT+ y además son pareja (Jake y Devon). El personaje de Glen/Glenda aparece recurrentemente, a veces bajo el nombre de “GG”, al igual que Nica Pierce, la protagonista con discapacidad que vimos en la sexta y séptima entrega.


En conclusión, me siento muy agradecido con el creador Don Mancini por ser revolucionario con su obra, ya que le da un lugar respetuoso, visible y protagónico a la comunidad LGBT+ y a otros grupos en situación de vulnerabilidad. Recuerda: casi no hay diversidad forzada, pero mucha de la inclusión suele ser incómoda para la heteronorma.

Con amor,
Yael de Jesús.